Lectio Divina
“Adorar en espíritu y en verdad” (v. 23) supone el abandono de cultos vacíos y sin conversión de vida de los creyentes. El nuevo y definitivo templo es Jesús. En Él encontramos a Dios Padre. La actitud del discípulo de Jesús debe ser: adorar a Dios en todo lugar y en todo tiempo; no sólo en un lugar concreto.
El encuentro con Jesús en la oración, en la Eucaristía, en el hermano... ¿me motiva para cambiar mi conducta: sentimientos, valores, actitudes, acciones? ¿Me doy cuenta de que con Jesús ya tengo el agua viva que calma toda mi sed de felicidad? Después de estar con Jesús, ¿me comprometo a ser evangelizador de los hermanos?
Quiero, Jesús, encontrarme contigo a toda hora y en todo lugar. Tú eres el agua viva que calma toda sed. Por eso, te pido que me sacies con esa agua tuya, para no tener más sed de cosas que me desvían de tu amistad y, en consecuencia, de ser feliz. Saciado de tus dulzuras, me entrego con generosidad a mis hermanos para anunciarles que Tú eres la Buena Noticia para ellos y que sólo Tú puedes saciar todas las apetencias humanas.
A Jesús, fatigado del camino, sediento del bien de las personas, para descubrir y ofrecer la fuente de la verdadera vida. A la samaritana que descubre a Jesús, sacia su sed de encuentro con el verdadero Dios, y corre a anunciar la Buena Noticia a los suyos. A ti mismo, que en muchos momentos has recibido el consuelo y el gozo de conocer y estar con Jesús y que sientes también el gozo de anunciar a Jesús y ser su testigo ante las personas.
Repite: “Mi alma tiene sed de Ti, Señor” (Sal 63, 2).
