Lectio Divina
El Evangelio de hoy pertenece al “Sermón de la montaña”, donde se ofrece una síntesis de la vida cristiana. Antes de comenzar conviene captar algunos detalles: Jesús sube a la montaña como el nuevo Moisés, que subió al Sinaí para recibir las tablas de la Ley. Jesús expone su Ley, la definitiva, superior a los diez mandamientos. Jesús se sienta, es el auténtico Maestro que va a dar su mensaje y enseñanza definitiva. Se le acercaron los discípulos... pero todos somos discípulos en la escuela de Jesús, su enseñanza es para todos nosotros.
esús es la Palabra verdadera de Dios. Cuando Jesús dice las bienaventuranzas, esto se convierte en absoluta verdad para sus discípulos. Esto se realiza. Lo vemos plasmado en el mismo Jesús, sereno y feliz en medio de tanta persecución y sufrimiento. Y, al fin, Resucitado. ¿Qué sentimientos me brotan ante las bienaventuranzas? Cuando sufro por cualquier motivo, ¿tal vez me viene la tentación de pensar que Dios me ha olvidado? ¿Me abandono en las manos del Padre cuando me vienen los golpes de la vida? ¿Cómo puedo vivir las bienaventuranzas que Jesús vivió y que tantos cristianos han logrado vivir?
Miro a Jesús para decirle: Tú eres el dichoso, porque eres el Hijo del amor del Padre en el Espíritu. Me pondré en sus manos, diciéndole: En tus manos encomiendo mi Espíritu. Le pediré que experimente en mi conciencia que el Padre me ama con amor misericordioso y entrañable. Me sentaré junto a Jesús en el monte, para interiorizar con cariño sus palabras de bálsamo, paz y gozo. Le doy gracias porque todo en Él es serenidad y alegría íntimas.
Me veo cerca de Jesús con los discípulos. Contemplo con entusiasmo su rostro. Escucho sus palabras de gozo. Veo cómo posa su mirada sobre mí y sobre la multitud que le escucha con silencio, admiración y gozo.
En los problemas que me toca vivir, me arrojaré en las manos del Padre, como Jesús, y le diré: “En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu”.
