Lectio Divina
Este texto forma parte del Sermón de la montaña y sirve como punto de unión entre la proclamación de las bienaventuranzas y la exposición de la Ley por parte de Jesús. Conecta también este texto con los versículos 11 y 12, en los que Jesús anima a los discípulos a alegrarse en tiempos de persecución, ya que el discípulo debe ser luz y sal para las personas que los persiguen por causa de Jesús y del Evangelio. Ser discípulo de Jesús es ser misionero y testigo ante los demás.
Si hemos gustado el “sabor” de las bienaventuranzas, la realidad se ve con ojos diferentes. La vida tiene otro sabor y otra iluminación. Los pobres de espíritu, los limpios de corazón, los misericordiosos son los que están preparados para dar otro sentido a la vida. El cristiano está inmerso en los acontecimientos de la historia familiar, social, eclesial. No es alguien que haga su vida separada de la realidad. Y, ahí, metido en los sucesos diarios, ha de ejercer su misión de ser sal y luz. ¿Cómo puedo realizar esta misión? ¿Qué tengo que cambiar en mi vida? Tal vez, en algunas ocasiones, ¿soy sal insípida y luz débil para los demás?
Padre, Tú nos has dado tu Palabra total y definitiva en tu Hijo Jesús. Queremos dejarnos iluminar siempre por esta luz y por este fuego, para que también nosotros podamos llevar algo de luz a los demás. Padre, te damos gracias porque en tu Hijo Jesús nos descubres el sabor y la sabiduría de tu Amor. Nos sentimos llenos de luz y de sabiduría cuando experimentamos que Tú estás con nosotros. Haz que nuestras palabras transpiren la Sabiduría de tu Palabra, vivida y transmitida, experimentada y testimoniada.
A Jesús, la Luz del mundo, contempla cómo sus rayos iluminan la historia de todos los hombres. A Jesús, la Sal, contempla a los verdaderos sabios, los santos, que han seguido sus huellas y han vivido la sabiduría de la cruz. A ti mismo, para que seas la Luz y la Sal de Cristo, para iluminar y dar sabor a la existencia propia y ajena.
Repite con frecuencia: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 27, 1).
