Lectio Divina
Leemos hoy tres parábolas. La primera (vs. 24-30) sólo se encuentra en Mateo. Con las parábolas, Jesús nos va descubriendo otras dimensiones del Reino de Dios (plan de Dios sobre la humanidad), diferentes a las que la sociedad nos propone y enseña.
La Palabra nos enseña: La paciencia de Dios, que nos consiente y nos acepta como somos, y que espera pacientemente nuestra conversión para dar buenos frutos de salvación. El crecimiento del Evangelio en cada creyente no produce vistosidad ni ruidos. El crecimiento, sobre todo, es interior, y en consecuencia se manifiesta en lo exterior. El Reino de Dios, su vida, se manifiesta en el silencio. El Evangelio no necesita publicidad, necesita testigos que hagan de levadura y fermento. El Evangelio nos pide que seamos respetuosos y pacientes con el proceso de crecimiento de cada persona; que no seamos intransigentes, fanáticos, fundamentalistas; que no impongamos a los demás nuestro modo de ver y opinar; que dialoguemos para comprender la situación del otro.
Señor, Tú siempre estás sembrando la buena semilla de tu Palabra en nuestro corazón. Tú siempre estás alentando y fermentando nuestra masa. Porque nos conoces y nos amas. Pero, también nos acechan las fuerzas negativas que quieren convertir en cizaña la buena siembra. Haz que resistamos a esta siembra del mal. Haz que, con paciencia, serenidad y fortaleza, podamos seguir creciendo en los valores del Evangelio.
Danos el espíritu de vigilancia sobre nosotros mismos. Danos el valor de seguir sembrando y cuidar lo sembrado en nuestra conciencia. Y que no seamos intransigentes con los demás. Que sepamos respetar el ritmo de cada cual. Concédenos un corazón que, como el tuyo, sea paciente, comprensivo y sepa amar y ayudar al que desfallece y cae. Que seamos fortaleza para el débil y seguridad para el vacilante. Que sepamos ser fermento con nuestro testimonio de vida.
Danos el espíritu de vigilancia sobre nosotros mismos. Danos el valor de seguir sembrando y cuidar lo sembrado en nuestra conciencia. Y que no seamos intransigentes con los demás. Que sepamos respetar el ritmo de cada cual. Concédenos un corazón que, como el tuyo, sea paciente, comprensivo y sepa amar y ayudar al que desfallece y cae. Que seamos fortaleza para el débil y seguridad para el vacilante. Que sepamos ser fermento con nuestro testimonio de vida.
A Jesús, que espera, con paciencia, nuestros buenos frutos para el Evangelio. A mí mismo, que me inquieto porque no respondo mejor al Señor y también porque soy perezoso en la tarea misionera. A mis prójimos, para que anime a los desanimados y me anime con los esforzados.
Haz un buen propósito para ser, como Jesús, paciente y comprensivo. Repite: “El Señor es clemente y misericordioso, paciente y rico en amor” (Sal 145, 8).
